Santiago Corcuera: acompañando la lucha contra la desaparición de personas

  • Jueves, 14 Septiembre 2017 12:04

Quiero agradecer muchísimo a la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos en México, particularmente a su representante Jan Jarab y a Alán García por la realización de esta actividad. De veras, se los agradezco de todo corazón. Mi cercanía con esta oficina siempre ha sido muy importante para mí. Recuerdo con afecto a Anders Kompass, a Amerigo Incalcaterra, a Alberto Brunori y a Javier Hernández, con quienes siempre tuve una interlocución productiva. Ahora con Jan, aún más cercana. Agradezco las muestras de afecto y solidaridad que en tiempos recientes me han demostrado. Alán, muchas gracias por tu amistad y tu apoyo.

Al Museo Memoria y Tolerancia, por recibirnos y proporcionarnos este increíble espacio. Muchas gracias. Este museo, como saben, está muy cerca de mi corazón. Mientras estaba en el Programa de Derechos humanos de la Ibero se acercaron las fundadoras y colaboramos activamente en la investigación de los pabellones distintos al holocausto judío. Estar aquí nuevamente, y hoy particularmente, me da mucha satisfacción y un orgullo muy grande.

Estamos cercanos a fechas muy emblemáticas. Acaba de pasar el 30 de agosto, Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas, y estamos muy cerca del tercer aniversario de la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa en Iguala.  No perdamos eso de vista.

El cartel de esta reunión dice “Santiago Corcuera: acompañando la lucha contra la desaparición de personas”.

Me parece bien el título (dirá Alan, pues cómo no, si tú mismo lo propusiste), puesto que cuando pienso en quienes han sufrido la tragedia de que alguna persona que quieren ha sido desaparecida, y tener el privilegio y el compromiso de conocer a muchas de ellas, me pregunto ¿qué es lo que puedo hacer para acompañarlas?

La lucha contra las desapariciones, desde luego vale la pena. Es una obligación de cualquier persona. A todos nos debe indignar esa asquerosa práctica.

Desde el año 2004, que pasé a formar parte del Grupo de Trabajo sobre las Desapariciones Forzadas e Involuntarios de la ONU, me di cuenta, de manera más apegada a la realidad, de la magnitud de la situación de las desapariciones en el mundo.

A pesar de que para aquellos años ya llevaba varios involucrado en el estudio de los derechos humanos y en el acompañamiento de organizaciones no gubernamentales dedicadas a la defensa y promoción de los derechos, sin duda mi percepción de la situación de las desapariciones forzadas estaba muy centrada en los regímenes autoritarios militares del cono sur, con el que la mayoría relacionamos las desapariciones forzadas. Esto no es gratuito pues, desde luego, debemos a las familias de las víctimas de esa región el inicio y posterior avance del derecho internacional para la protección de todas las personas contra las desapariciones forzadas. La labor desempeñada por organizaciones como las madres de la Plaza de Mayo y las abuelas de la Plaza de Mayo es indudable, y con ellas muchas otras organizaciones principalmente de Latinoamérica pero también de otras regiones del mundo. Sin lugar a ninguna duda, es por las organizaciones de las familias de las personas desaparecidas que hoy contamos con un marco jurídico internacional robusto en esta materia. Nombres como Estela de Carloto o Aileen Diez Bacalzo vienen a mi memoria con emoción y compromiso por su valentía e incansable lucha.

Al llegar al Grupo de Trabajo sobre Desapariciones Forzadas en el año 2004, como decía, me percaté de que la situación de las desapariciones excedía en mucho las situaciones con las que relacionaba el fenómeno, incluyendo por supuesto, el de las personas desaparecidas en México en la década de los setentas durante la guerra sucia. Aunque tenía una vaga idea al respecto, las labores del Grupo Trabajo me hicieron darme perfectamente cuenta de la situación prevaleciente en esos años. Los países en donde más desapariciones se daban en aquellos años eran Irak, durante el régimen de Sadam Hussein, pero también Nepal y Colombia, entre otros.

Muchas veces me preguntan que cómo le hice para llegar a ser integrante del sistema de Naciones Unidas para la protección de los derechos humanos. La verdad es que, para responder esa pregunta, es necesario reconocer varios sucesos que se fueron concatenando entre sí. La causa de la causa, que es la causa de lo causado, y yo creo que es la Universidad Iberoamericana. Fueron mis profesores en esa Universidad cuando yo fui estudiante de licenciatura, quienes sembraron en mí el interés por el derecho internacional de los derechos humanos y la lucha por la defensa de la dignidad humana. Por ellos, al llegar a la Universidad de Cambridge a estudiar mi maestría decidí elegir entre mis asignaturas una que tuviera que ver con el derecho internacional de los derechos humanos. Al regresar a México quise empezar a dar clases, y me acerqué a mi Universidad para poder hacerlo. Pedí que se me permitiera impartir el curso de derecho constitucional I, cuyo contenido era lo que en aquellos tiempos llamábamos “garantías individuales”. Desde entonces, hace casi 30 años, no he dejado de impartir esa materia, que ahora se llama simplemente “Derechos Humanos”, después de mucho insistir para que le cambiaran el nombre.

En 1996 el rector Enrique González Torres me invitó a ocupar el cargo de director interino del Departamento de Derecho y en 1998 me pidió que me encargara de la creación del Programa de Derecho Humanos. Ese Programa que el año que entra va a cumplir 20 años. Pablo Reyna me lo hizo notar hace apenas una semanas en estas mismas instalaciones y casi me voy para atrás al darme cuenta de la cantidad de tiempo que ha pasado desde entonces. Al padre Enrique González Torres le quiero agradecer el haberme dado la oportunidad de dirigir el Departamento de Derecho y fundar el Programa y la Maestría en Derechos Humanos. Nunca olvidaré las palabras del padre Enrique cuando me encomendó el Programa. Me dijo:  “Santiago: el Programa Universitario de Derechos Humanos de la Universidad Iberoamericana es un programa universitario y de derechos humanos, por lo tanto tiene que tener rigor académico pero, sobre todo, tiene que tener incidencia social”. Así fue como José Antonio Guevara y yo siempre tratamos de conducirlo, a pesar de nuestras constantes peleas.

Le tomé la palabra el padre Enrique y comenzamos el Programa de Derechos Humanos José Antonio Guevara y yo. Entonces, por ahí del 2001, a José se le ocurrió la idea de que yo fuera postulado por el gobierno de México para integrar a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Le dije que estaba completamente loco. Pero, como siempre, no le importó lo que yo opinara y fue y se lo propuso Mariclaire Acosta Urquidi, entonces subsecretaria derechos humanos en la Secretaría de Relaciones Exteriores. (Cuántas cosas le debe este país a Marieclaire. Yo le doy las gracias como mexicano y le digo que es un honor y un privilegio ser su amigo).  A Mariclaire le gustó la idea y se lo propuso al secretario Castañeda, a quien no conocía yo todavía en aquel entonces. (Luego Jorge se convertiría, por la confianza que me tuvo para litigar su caso, junto con mis admirados y queridos Fabián Aguinaco Bravo y Gonzalo Aguilar Zinser, ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos, en un personaje importantísimo para mí. De mi representado se volvió un amigo entrañable). Bueno, pero volviendo a lo de la postulación a la CIDH, por razones diversas no fue posible que México presentara mi candidatura para ese cargo. Pero luego, en el año 2004, recibí una llamada de Juan José Gomez Camacho, quien se había quedado como director de derechos humanos de la Cancillería. Me dijo que se había abierto una vacante en el Grupo de Trabajo sobre Desapariciones Forzadas de la ONU y me preguntó que si me interesaría ser postulado. Inmediatamente le dije que sería un gran honor que lo hicieran. Finalmente, con el apoyo de aquel gobierno, resulté electo para integrar el Grupo. Recuerdo perfectamente cuando recibí la llamada de Juan José estando yo en Costa Rica en una reunión internacional sobre refugiados. (Estaba allí por culpa de Miriam Morales entonces titular de la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados. ¡Cuántas cosas Miriam hemos pasado juntos desde entonces! Fue ella quien me propuso como experto independiente para el ACNUR en el proceso de Cartagena XX.  Gracias Miriam por eso y por tanto más. Cartagena XX: ¡Qué recuerdos Magdalena! ¡Qué recuerdos Mark!).

Cuando Juan José me dio la noticia, después de felicitarme, solamente me pidió dos cosas. Me dijo: espero que en tu desempeño te conduzcas con independencia e imparcialidad y pongas en alto el nombre de México. ¡Qué lejos está esa política exterior en materia de derechos humanos en nuestro país! Hoy parece que la independencia e imparcialidad es un estorbo y considerada un peligro por el gobierno.

Duré seis años en el Grupo de Trabajo, y durante tres de ellos tuve el gran honor de fungir como su presidente, tras suceder al insigne internacionalista Stephen Toope, a quien tanto cariño y agradecimiento le tengo.  (Por cierto, ¡¿saben que Stephen Toope está por ocupar el cargo de rector, nada más y nada menos, que de la Universidad de Cambridge?!)  Siempre traté de hacer mi mejor esfuerzo y poner en alto el nombre de México.

Recuerdo que, durante la misión que el Grupo de Trabajo realizó a Colombia, encabezada por el inolvidable y queridísimo profesor Adebayo Adekanye, una periodista nos preguntó sobre cuál era la situación de las desapariciones en el mundo. Entonces contestamos que no había continente en el globo que escapara de este flagelo. Incluso en Europa, particularmente en Rusia, a raíz del conflicto en Chechenia. Respecto de América Latina mencionamos, por supuesto, las desapariciones en el cono sur, en Centroamérica durante los ochentas, en el Perú durante el régimen de Fujimori, en Brasil durante la dictadura militar y desde luego en México durante la guerra sucia. Pero cuando nos referimos a la situación contemporánea de ese entonces, corría el año 2005, dijimos que solamente en Colombia podría decirse que se perpetraban desapariciones forzadas en el continente. En México, en esas épocas, no se hablaba de desapariciones forzadas, más que para recordar y no olvidar las perpetradas durante la guerra sucia. ¡¿Quién iba decir que México se iba a convertir, años más tarde, en uno de los países en los que más desapariciones se cometen en el mundo?! En aquellos tiempos, recordarán,  se dio la “Marcha Blanca”. El reclamo era por la seguridad. Si revisan los periódicos de aquellos días, por lo que la sociedad se quejaba, con toda razón, era porque se habían dado alrededor de 550 secuestros. Así nos dejó el país Fox. Calderón nos lo dejó con más de 26,000 personas desaparecidas. Entre el 2004 y el 2007 no llegaban casos mexicanos al Grupo. Por ahí del 2008, empecé a tenerme que salir de la sala de sesiones, para que el Grupo analizara casos de mi propio país. Recuerdo eso con muchísima indignación y rabia.

Al Grupo de Trabajo sobre Desapariciones Forzadas  le debo muchísimas cosas, pero creo que lo más importante es haberme dado la oportunidad de tener un contacto directo con familiares de las víctimas de desaparición forzada en muchas partes del mundo. Durante las misiones que realicé junto con el Grupo tuve contacto directo con víctimas de Tailandia y otras regiones de Asia, América Latina, África y Europa. El dolor de las víctimas es exactamente el mismo en todas partes del mundo. El dolor de una madre que no sabe en dónde está su hijo o que le pasó es exactamente lo mismo para una madre de Pakistán que para una madre de Rusia o una madre de México. Por eso gritan: ¡Hijo! ¡Escucha! ¡Tu madre está en la lucha! Sin duda, si algo aprendí a través de esas entrevistas, fue a percibir ese profundo dolor. Recuerdo muchas ocasiones en las que sus testimonios me hicieron emocionarme hasta las lágrimas. Cuando pasábamos horas y horas revisando las hojas de trabajo para la admisión de casos en el Grupo, siempre tenía en mente que esa labor, que podía convertirse en algo tan aburrido y tan rutinario, tenía detrás una tragedia humana espantosa.

Durante todo el tiempo que desempeñé labores dentro de las Naciones Unidas, ya fuera en el Grupo de Trabajo, o en el comité coordinador de los procedimientos especiales que me tocó presidir, o en el Comité contra la Desaparición Forzada, siempre traté de tener en mente que el trabajo era por y para las víctimas. Y es por eso también que sufrí tantas frustraciones, pero también, debo admitir algunas satisfacciones. 

Psicológicamente, lo más difícil, es manejar las satisfacciones, pues el ego muchas veces trató de confundirme. No puedo negar que sentí gran satisfacción cuando me hicieron miembro del Grupo Trabajo, cuando después me eligieron su presidente, cuando después presidí el sistema de relatores, cuando después pasé a integrar al Comité contra la Desaparición Forzada y me eligieron a la postre su presidente. Todo eso me provocó grandes satisfacciones, tengo que admitirlo. Pero por fortuna, tengo buenas conciencias a quienes siempre les pedí que no permitieran que esas satisfacciones se me subieran a la cabeza. Al contrario, había que reconocer que esas satisfacciones lo que me provocaban era mayor responsabilidad para poder hacer más cosas en favor de las víctimas. Esos logros, me dieron satisfacciones muy efímeras, pues, por desgracia, a pesar de los esfuerzos, se avanza muy lentamente y se logran muy pocas cosas. Empujar la roca de las resistencias de muchos gobiernos que tratan de entorpecer los avances, es verdaderamente desesperante. Y por eso quiero pedir disculpas. Por no haber logrado lo suficiente.

Podría hacer un recuento de los logros (consulté con alguna de mis conciencias si debía hacerlo, y prefiero no hacerlo). Pero por desgracia, la lista de los fracasos es muy larga y podría mencionarlos, pero tampoco lo voy a hacer. 

Pero por fortuna, la lista de las personas que quiero, y que han tenido influencia en este camino de acompañamiento a las víctimas de desaparición forzada, es también muy larga.  Ahí les voy.

Estoy consciente de que no puedo mencionar todos los nombres de estas personas, ni quiero que por no mencionarlos en esta ocasión no se sientan incluidas. Pero es inevitable mencionar algunos nombres. Voy a mencionar muchos nombres y tengan por seguro que la lista es mucho más larga.

También, quiero advertir, que el orden en el que van a ser mencionadas, no necesariamente implica una orden jerárquico de importancia en mi vida o en este camino. Por eso, tal vez mencionarlos, no en orden de importancia sino cronológico, sea lo más adecuado.

A mis papás, que me duraron poco y a mi tía Susana y mi tío Francisco, que fungieron como mis padres sustitutos. A mis hermanos Carlos y Alejandro y mis hermanas Catalina, Marialicia, Pilar, Ana, Susana y Fátima les agradezco su compañía y solidaridad, y sobre todo su paciencia durante las comidas el viernes por aguantar mis exabruptos.

Dentro de mis hermanos, merece una mención especial Roberto Núñez y Bandera, (alias “el Notario”, o como Fátima dice, ya no es Núñez y Bandera, sino “Núñez y Corcuera”), no solamente por su conversión en mi hermano, sino por ser una de las personas que más me han enseñado en mi vida, que más me han incitado a seguir dudando y a seguir pensando. Gracias Notario.

A Paloma, Santiago y Juan Ignacio, por qué sé que están orgullosos de su papá y eso me compromete.

Anna Paola, por habérmelos dado y por haberme acompañado y apoyado durante tantos años.

A mi otro hermano, bastante menor, José Antonio Guevara. Sin duda alguna, la influencia que José ha tenido en mi manera de pensar y de actuar es indiscutible. Siento muchísimo que no esté presente, pero está en este momento en Ginebra rindiendo su informe en su calidad de presidente del Grupo de Trabajo sobre Detenciones Arbitrarias. Ustedes saben el orgullo que eso me hace sentir.

A Antonio Prida Peón del Valle tengo muchísimas cosas que agradecerle. Es mi más viejo y mejor amigo. Cuando otros no supieron entender que ser socios no estaba peleado con mis convicciones y mi trabajo en materia de derechos humanos, Prida me rescató y me hizo su socio. Otros pusieron el dinero por encima de la amistad. Toño puso la amistad por encima de todo. Junto a Prida quiero agradecer la amistad de tantos años de mis queridos “PIGS”: Poncho, Iker, Gerardo y Santiago.

A la Universidad iberoamericana, como ya dije, le debo el haberme puesto en contacto con el derecho de los derechos humanos y por haberme sembrado la preocupación por tener una conciencia viva y operante en la realidad y el compromiso por la justicia social y el respeto a la dignidad humana. ¡Gracias a la Ibero! ¡Gracias Rector por estar aquí y haber aceptado estar presente! Y por tantos años, David, desde la década de los 90’s. Una insignia y un ejemplo a seguir para mí.

Cuando se cayeron los edificios de la Universidad de Churubusco, siendo yo estudiante de 19 años, pusieron encima de los escombros una manta que decía “la Universidad no son los edificios,  la Universidad somos nosotros”. En efecto, fueron las personas en esa Universidad las que me hicieron cambiar. Jaime Ruiz de Santiago destaca importantemente. Sus clases, el haber accedido a dirigir mi tesis y posteriormente a prologar mi libro. Sin duda, Jaime ha sido una de las personas que más ha influido en mi manera de ser y de pensar.

A mi compa Octavio, desde las brigadas de paz de Don Samuel Ruiz en La Unión, Chiapas y hasta ahora. Compañero, gracias.

A mis compás de Tulijá, Gilda, Carolina, German, Juan Pablo.

A Alexandra Haas, desde los tiempos del programa de derechos humanos de Fox y hasta la fecha.  A las rubias las hizo Dios y a las morenas el cielo!  Gracias Ale. 

A Mariana Salazar, por su acompañamiento como mi co-profesora en mis cursos de la Ibero.  Tengo achares de Mariana, pues me decían que preferían que yo no regresara de viaje, para que ella siguiera dando el curso.

A Laura Sosa, por su compañía, apoyo y sobre todo por su paciencia.

A mis compañeros y compañeras del Grupo de Trabajo sobre Desapariciones Forzadas y del Comité contra la Desaparición Forzada de la ONU. Mención especial merece Rainer Huhle. Sin duda, mi mentor y ejemplo a seguir.

Aquí vale la pena recordar el llamado que la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos en México ha hecho al gobierno para que se haga el reconocimiento de la competencia del Comité para recibir comunicaciones individuales conforme al artículo 31 de la Convención. Debemos recordar que este gobierno nos prometió por escrito, en el Programa Nacional de Derechos Humanos, en la línea de acción 3.3.3, “Promover el reconocimiento de la competencia del comité contra las desapariciones forzadas para recibir peticiones individuales”.  No solamente no ha promovido dicho reconocimiento, sino que no ha hecho nada al respecto.  “Te lo firmo y te lo cumplo”, dice alguien por ahí, ¿no es cierto? Pues está firmado e incumplido.  Estamos esperando. ¡A ver a qué horas!

También merece ser mencionada especialmente Giovanna Bianchi. Qué barbaridad, no sé qué hubiera sido de mí sin Giovanna y junto con ella tantas otras personas del secretariado, como Matías Pellado, Claudia de la Fuente, Baharam Ghazi, Genevieve Clotty y Michel Erazo. A mis colegas relatores de los procedimientos especiales, por la confianza que depositaron en mí cuando me hicieron su presidente en el comité coordinador. A Asma Jahangir por haberme propuesto para sucederla. Ha sido uno de los más grandes honores y privilegios que he tenido en mi vida. Philip Alston, Manfred Novak, Najat Maala y otros, por su apoyo y sus enseñanzas.

Quisiera mencionar un nuevo movimiento en favor de las víctimas del encarcelamiento injusto, que se fundó hace alrededor de un año y medio, provocado por unas preguntas de nuestra querida e incisiva amiga Pía Gómez Robledo Sánchez. Se llama “todos unidos contra la pena de prisión.” De cariño le decimos “TUCPP”. En él participamos personas egresadas de la carrera de derecho de la Universidad Iberoamericana. Todas ellas, excepto yo, claro, fueron mis estudiantes, y ahora son mis amistades. Logramos colar en la Constitución de la Ciudad de México una disposición que impedirá, si sobrevive la acción de inconstitucionalidad, que personas que cometan delitos patrimoniales de poca monta por primera vez y sin violencia vayan a la cárcel. Este movimiento es de lo que más orgulloso me he sentido en esta etapa de mi vida. Dentro de ese grupo, hay quienes además me acompañan en la labor docente, como Enrique Riquelme Torres, Alejandra Felix Caballero, Felipe Sánchez Nájera y Rafael Ramírez Moreno Pérez.

Con Rafa, además, he emprendido algunos proyectos adicionales, como el relacionado con un diagnóstico sobre la independencia e imparcialidad de los integrantes de los comités de las Naciones Unidas, que estamos desarrollando gracias al apoyo de Artículo 19. Éste puede ser un proyecto que puede producir muchísimos beneficios en el futuro, para consolidar la independencia e imparcialidad que estos órganos deben tener y para evitar o por lo menos ventanear las políticas perniciosas de países que prefieren presentar lacayos a expertos independientes. Ya veremos, cuando se lance esta plataforma, los efectos que produce. Le agradezco muchísimo a Rafa por su comprometido y minucioso trabajo, analizando más de 170 currículos de integrantes de estos comités. Por eso y por tu presencia y compañía estoy muy agradecido, mi Rafa. Gracias totales en el sentido más amplio y grande de la palabra.

Eliana García Laguna. Podría escribir una novela completa en donde el personaje principal sería Eliana. Ahorita no hay tiempo de contarles toda la historia, pero solamente mencionaré algunos elementos importantes: la ley contra las desapariciones de Guerrero, la reforma constitucional del 2011, la ley General de Víctimas, los protocolos homologados de búsqueda, el marcaje personal al proceso legislativo en el Senado de la República de la ley general para prevenir y castigar la desapariciones forzadas y desapariciones cometidas por particulares.

Aquí abro otro paréntesis, para hacer otro llamado. La Ley General está en Cámara de Diputados y esperamos que sea aprobada lo antes posible. Debo decir, que a mi parecer, esa minuta que salió del Senado todavía tiene algunas debilidades importantes, como una tipificación del delito de desaparición cometida por particulares que me parece que está mal y algunas otras cosas que me parecen deficientes. Durante el proceso en el Senado estuve interviniendo gracias a la apertura que la Senadora Angélica de la Peña siempre me ha dado en su oficina para discutir (a veces acaloradamente, pero siempre con respeto y cariño –gracias Angélica-  y para presentar mis inquietudes). Debo decir que en esa labor de cabildeo legislativo siempre trato de nos ser otra cosa más que un intérprete de los deseos y reclamos de las familias de personas desaparecidas. En esas fechas, abril de este año, me enterqué en lograr algunos cambios. En algunas ocasiones lo logré y en otras fracasé. Entre los dimes y diretes entre las diversas fracciones parlamentarias, algunas cosas quedaron como estaban. Tuve la tentación de ir a cabildear a Diputados; pero, para que no digan que soy tan terco como para no cambiar de opinión (el Notario está aquí presente para dar testimonio de que de muchas cosas me ha convencido y de otras no), en una reciente reunión con víctimas en Guerrero y después de una conversación con Ariel Dulitzky y Alán García, claudiqué, no por otra cosa, sino por aplicar el principio del mal menor. Es mejor que la ley salga de Diputados como salió del Senado, a que por querer hacerle cambios a estas alturas nos quedemos sin ley en este periodo de sesiones,  pues luego se viene el proceso electoral y los legisladores ya tendrán sus mentes en otra cosa. La aprobación de la ley, pues, es urgente, así como está, para que empiece a operar el Sistema Nacional de Búsqueda, que es lo más apremiante. Lo primero y más urgente es el hallazgo de las personas desaparecidas y para eso es relevante que la ley entre en vigor y se aplique con celeridad, que se emprendan los esfuerzos para encontrar a los desparecidos, con la intención de encontrarlos con vida, ¡PORQUE VIVOS SE LOS LLEVARON!

Desde aquí exhorto a la Cámara de Diputados a que acelere el paso y apruebe esa ley a la mayor brevedad posible para comenzar con los procesos de búsqueda y de acceso a la verdad y a la  justicia. ¡Es necesario que eso suceda ya!  ¡AHORA!  ¡AHORA!  ¡Se hace indispensable!

Regresando a Eliana. A ella le agradezco haberme presentado a algunas madres de personas desaparecidas en el año 2010. Algunas de ellas aquí presentes. En esos tiempos empezamos a buscar caminos para reivindicar sus derechos. Eran tiempos en los que ya veíamos la gravedad del problema, pero todavía no nos dábamos cuenta de su terrible magnitud. Recuerdo que por ahí del año 2007/2008, un reportero de la BBC me hizo una entrevista y me preguntó por los desaparecidos en México. Le dije que había que tener cuidado con la terminología. Que las personas a las que se refería no eran personas desaparecidas. ¡Qué equivocado estaba!! Poco tiempo después la realidad nos dio a todos en la cara. Desde principios del sexenio Calderón se empezó a gestar está asquerosa realidad. Se comenzaron a cometer en México desapariciones forzadas y desapariciones cometidas por particulares en cantidades descomunales. A través de Eliana y de otros actores importantes empecé a estar en contacto con más y más madres de personas desparecidos. (Y perdón que me refiera primordialmente a las madres; una vez el Notario me lo reclamó, diciéndome que si no tenían padres. Yo sé que también hay padres de personas desaparecidas, hermanos y hermanas, hijos e hijas, pero las madres de las personas desaparecidas me provocan una admiración muy especial). En aquellos tiempos conocí a Jorge Verástegui en Saltillo. ¡Qué entrañable amigo y compañero ha sido Jorge para mí!  Doña Lupe, Doña Yola, Nadin Reyes, Doña Mari Herrera. Mi inagotable admiración hacia ellas. Julio Mata, ¡desde siempre! Su compañía, su solidaridad, su impulso. Con ellas y ellos trabajamos en Coahuila, en Querétaro, en la Ciudad de México, en los procesos legislativos, en Nuevo León con mi entrañable Hermana Consuelo Morales. A Consuelo siempre le digo que su mamá y su papá fueron unos visionarios, pues no le pudieron haber puesto un mejor nombre. Consuelo es verdaderamente un consuelo no solamente para las víctimas sino también para sus acompañantes. Te quiero y te admiro en lo más profundo querida Consuelo.

Aquella realidad que nos dejó Calderón, y que se manifestó con toda su cruda realidad cuando al principio de esta administración se dio conocer la lista que Calderón tenía escondida con los nombres de más de 26,500 personas desaparecidas  en el país, permitió que el nuevo gobierno de Peña Nieto, gracias a los buenos oficios del embajador Juan Manuel Gómez Robledo, me presentara como candidato para integrar al Comité, lo que no había logrado durante la administración pasada. También, gracias a los buenos oficios del embajador Luis Alfonso de Alba en New York, se lograron los votos necesarios para que pudiera yo pasar a integrar al Comité. Estuve ahí cuatro años y el último de ellos como su presidente. Existió la posibilidad de que me reeligiera. Sin embargo… mejor ahí la dejamos…

Pero hay muchísimo trabajo por realizar desde otros frentes. Tengan por seguro que seguiré trabajando y que en ese trabajo siempre estarán las víctimas de desapariciones y de otras graves violaciones de derechos humanos en mi mente, en mis convicciones y en mi corazón.

¡Muchas gracias!

* La conferencia "Santiago Corcuera: acompañando la lucha contra la desaparición de personas" se realizó el día 13 de septiembre de 2017 en el Museo Memoria Tolerancia, CDMX.

Modificado por última vez en Lunes, 25 Septiembre 2017 16:27
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